Noticia de los campos IV: Djelfa

Después de una larga odisea por los campos de Francia y de vivir un calvario parecido al de todos los emigrados –hambre, malos tratos, sufrimientos físicos y morales de todo orden- el día 10 de julio de 1942, encontrándome devuelto al campo de Vernet después de haber pasado unos meses ‘trabajando’ en unas fermes, se nos dio orden de salir deportados para África.

Rodeados de dos cordones de gendarmes, una mañana nos esposaron de dos en dos, como si fuésemos una legión de forzados. Las autoridades del campo salieron a despedirnos, saludándonos efusivamente y expresando su sentimiento por lo que se iba a hacer con nosotros. Amargados, nostros pensábamos:

– ¡Sí, sí, mucho sentimiento y mucho afecto, pero entre todos van a llevarnos a la muerte!

Creo que lo que ocurrió con nosotros es un caso único nunca visto incluso entre los mismos refugiados. juzgue, si no, el lector:

Se nos sacó de Vernet, dirigiéndonos hacia África, esposados y acordonados con gran lujo de fuerza armada, y, a la vez, se nos entregó a cada uno un Certificado de Buena Conducta, que todos llevábamos en el bolsillo y al que nosotros, con humor siniestro, calificábamos de recomendación para Madame La Muerte.

En Port-Vendres nos metieron a todos en un barcucho amontonado como bestias y fuimos a dar con nuestros huesos a Argel. No creo que a Cervantes, cuando fue cautivo de los moros, le pasasen más aventuras que a nosotros ni se viese más guardado o vigilado. ¿Acaso nosotros éramos algo más que cautivos reducidos a la condición de esclavos?

No sé la fuerza que había en el puerto de Argel esperando a nuestro contingente. Rodeados siempre de hombres armados, cargamos nuestros trastos al hombro y nos condujeron a un cuartel donde nos tuvieron dos días, esperando orden de traslado para el desierto. Íbamos destinados al campo de Djelfa.

De nuestra expedición formaban parte, entre otros muchos, A. Olivares, A. Ortiz, R. Liarte, J.J. Domenech y su hermano, Ricardo Sanz, G. Horcajada, Germinal de Souza, Pedro Herrera, Francisco Isgleas, Valerio Mas y su yerno, F. Alemany, Climent, Cuadrado, Roa.

Como sardinas en lata, así salimos de Argel metidos en un tren infecto. Todo el día y toda la noche viajamos. A medida que nos alejábamos de todo poblado, que veíamos extenderse ante nosotros las inmensas llanuras desoladas, nuestro corazón se iba oprimiendo. Sacábamos fuerzas de flaqueza, animándonos con canciones y con chistes, pero nuestro ánimo decaía y aún los más templados y los que mantenían la moral del resto debían hacer sobrehumanos esfuerzos por no dejarse abatir por los tristes presentimientos que nos asaltaban.

Desde la estación de Djelfa se divisa el campo. Una ladera, donde las primeras expediciones habían tenido que trabajar para hacer barracas, puesto que al llegar ellos estaba todo pelado. Sólo existían las alambradas.

Cuando nosotros llegamos, el campo ya estaba organizado con barracamientos. Reinaba allí una disciplina de hierro. Era, realmente, un régimen militar, duro e implacable, administrado por un comandante sin entrañas.

Cuando llegamos, ya estaban los hombres formados, esperando nuestra llegada para subirnos a Cafarelli. El fuerte de Cafarelli es recordado con espanto por todos los deportados a África. Fue el Colliure de allí, donde sufrieron tormentos de infierno y hallaron triste y trágica muerte muchos hombres.

El comandante llamado Caboche, nos arengó al llegar. Y he aquí las casis únicas palabras que nos dijo:

– Españoles: habéis llegado al campo de Djlefa. Estáis en pleno desierto. Pensad que de aquí sólo os liberará la muerte.

¡Bonitas palabras! Las escuchamos en silencio, pensando cada uno, con el instinto de conservación propio de todo español, en ver de desmentirlas y de salvarnos.

Era ello muy difícil. Intentar la huida resultaba un sueño. Durante una buena temporada, un oficio lucrativo para los moros fue vigilar los alrededores de los campos y cazar a los desventurados que escapaban de ellos, para devolverlos a sus verdugos a cambio de una miserable recompensa. Estos eran encerrados en celdas de castigo, después de terribles apaleamientos, en los que muchos, debilitados, extenuados, sucumbían.

Félix Gurucharri en FEDERICA MONTSENY. Pasión y muerte de los españoles en Francia.Ed. Espoir, Toulouse, 1969

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~ por cartasamaria en 11 septiembre 2009.

Una respuesta to “Noticia de los campos IV: Djelfa”

  1. muy interesante todo. cada vez que leo o paso por estos sitios, sus nombres me recuerdan irremediablemente al 39 y a los españoles refugiados. es como si su destino estuviera impregnado en esas calles y esas ciudades para siempre o para los que son capaces de percibirlo. un destino no elegido, característica del siglo xx y las guerras y convulsiones que vivió: masas de gente aplastadas y movilizadas contra su propia voluntad.

    ricardo sanz, hijo del poble nou. (creo recordar).

    pd: documental sobre un español deportado en estos barcos hacia argelia quien se carteó con una filósofa judío-francesa: “les oiseaux de l’arabie”. recomiendo que lo veais, tiene alguna idea visual muy buena, sobretodo al final. David Yon es el director, que tiene una revista de cine, Derives. http://www.derives.tv/spip.php?article88

    pd2: por catalunya andan celebrando referéndums en aldeas sin poción mágica, perdiendo el tiempo y distrayendo a la gente. una sola palabra: yu-gos-la-via.

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