Noticias de los campos VI: Septfonds

Abatido por nuestra derrota, el trabajo, el frío, las visiones en el hall de la Tour de Carol, estaba enfermo a la salida. Y eso no hizo más que agravarse. A Caussade, se hizo para el tren para no alcanzar las aglomeraciones. Descendimos para hacer a pie el camino hasta el campo de Septfonds. Una nueva sorpresa nos esperaba: un régimen de senegaleses rodeaban el tren y debían escoltarnos. Armados de un fusil y de un machete, nos empujaban sin miramientos ordenados por un grupo de jóvenes oficiales franceses. Vencido por la fiebre, apenas me tenía de pie. Como no avanzaba bastante rápido, un senegalés vino a empujarme con la culata de su fusil. Fue como un estallido, el capitán Pastor dejó caer sus petates y de un puñetazo terrible tiró al senegalés por tierra, sin conocimiento. Los otros senegaleses se miraron gritando, y el oficial francés vino corriendo, temblando de miedo. Pastor, que hablaba francés, le dijo.

– Haga que nos traten como los seres humanos que somos. Estamos habituados a combatir y no permitiremos que se nos maltrate.

La columna se volvió a poner en marcha , siempre escoltada por los senegaleses.

Llegados a las proximidades del campo de Septfonds –ninguna barraca había sido aun construida- fuimos aparcados en un perímetro rodeado de alambradas y verjas. Este emplazamiento fue llamado el campo de Judas. Ni una construcción, ni árbol: un terreno desnudo. No teníamos más que nuestras tiendas o nuestras mantas para protegernos del frío. Para nuestras necesidades, una zanja. ¿Cuántos éramos? ¿14.000? ¿20.000? No sé nada, no podíamos dar un paso. Mis amigos montaron mi tienda y me recostaron sobre la tierra, envuelto con mi manta. Un médico diagnosticó una bronco-neumonía. A pesar todos los esfuerzos de Segundo, de Pastor, ningún médico francés me vino a ver. Ni un solo medicamento. Para más desgracia, al día siguiente se puso a llover, el agua entraba en la tienda, mojándome hasta los huesos. Bajo el efecto de la fiebre, perdí el conocimiento, durante una semana, me quedé entre la vida y la muerte, sin ningún cuidado. Mis amigos consiguieron que los franceses me dieran leche condensada y alguna aspirina. Por mi estado, fui autorizado a ir a Septfonds con mis camaradas; es así que una decena de días después de mi llegada, entramos en el campo, amontonados en una de las primeras barracas construidas. Las barracas eran planchas rápidamente montadas y que no estaban cerradas por un lado; cuando la lluvia caía del lado norte, el agua penetraba en el interior de la tienda. Éramos quizá un millar por barraca. A medida que llegábamos, debíamos ayudar a la construcción de las barracas siguientes. Gracias al sacrificio y a la ayuda de mis camaradas, recuperé poco a poco mis fuerzas; hacia el fin de marzo, cuando el campo estaba casi enteramente montad, yo me encontraba ya en forma, capaz de afrontar nuestra nueva situación. Las avenidas del campo eran verdaderos barrizales, por culpa de la lluvia; una media docena de grifos abastecían de agua potable durante una hora por día; un pequeño arroyo se derramaba por un lado del campo; y había que esperar horas para lavarse en un agua asquerosa, con jabón y mugre. ¿Comida? Un trozo de pan al día, arroz cocido, tres raros y pequeños trozos de carne, sin sal. Había que estar realmente acostumbrado a la guerra para aguantar tal existencia.

No habiendo conseguido ser reenviado a Madrid y estando la guerra terminada, gracias a la traición de algunos políticos y militares, debimos hacer frente a nuestra nueva situación y estudiar los medios de acción. Sólo dos países nos acogían: la URSS y México (los dos países que nos habían prestado su ayuda durante la guerra). La policía francesa había cogido nuestras inscripciones, así como el SERE, organismo encargado de nuestra evacuación; viendo el pequeño número de camaradas que partían, las autoridades comprendieron que, si tenía lugar, la evacuación duraría meses. Las autoridades francesas suscitaron por otra parte dificultades insuperables para ralentizarla. A lo cual, hay que añadir que éramos más de 500.000 en Francia; ningún país, excepto los dos que hemos citado, no quería acordar medios de transportes. Una presión intolerable fue ejercida por las autoridades del campo para hacernos retornar a España. Las condiciones de vida detestables, las amenazas, las presiones, todo era bueno para hacernos coger el camino de la frontera. Una verdadera quinta columna había sido creada al interior del campo para desmoralizarnos y empujar a nuestros camaradas a volver a España.”

MARIANO CONSTANTE, Le partisan espagnol. Ed Tiresias, París, 2004. (traducción de Luis E. Parés)

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~ por cartasamaria en 1 noviembre 2009.

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